jueves, 18 de agosto de 2016


Antecedentes


En mi opinión, gran parte de lo que está ocurriendo en España en estos últimos años, sobre todo en estos últimos meses, a partir de las elecciones del 20D, el pasado diciembre de 2015, y refrendadas por las elecciones del 26J, este pasado junio de 2016, viene derivado de la falta de compromiso político de los españoles.

Somos muy dados a hablar y hablar en la barra del bar, en la sociedad gastronómica, con la cuadrilla, pero nada más.
Nos creemos que con quejarnos, amargamente, de los políticos que tenemos, ya cumplimos.
Nos creemos que con votar, o no, en cada elección, ya cumplimos.
Nos creemos que la política es cosa de los políticos, que para éso cobran.
Nos creemos que la política no es asunto nuestro, que no nos afecta.

Con esa indiferente y apática actitud, hemos posibilitado la creación de un espécimen que lleva décadas campando por sus respetos, consiguiendo adormecer a una marmota y convirtiendo la res publica en un erial.

No sólo no hemos querido participar del asunto, de esa nuestra res publica, sino que, además, la hemos dejado a merced de unos desaprensivos a los que, para más inri, no hemos querido supervisar ni controlar.

Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, porque nadie les miraba ni quería mirar pero por si acaso se nos ocurría cambiar de opinión o actitud, han ido construyéndose un paraíso en la tierra, su paraíso, su tierra, de tal manera que, con la costumbre acostumbrada (y con reiterada redundancia), han tomado posesión de nuestra res publica convirtiéndola, por dejación absoluta nuestra, en su res publica.

Para mayor desgracia, asistimos, me incluyo, con estupor, en este interminable periodo en funciones, a un periodismo dividido en dos: por un lado, todos aquellos voceros que se hacen eco y reenvían las misivas fabricadas desde ese gobierno perenne en funciones, esparciéndolas a diestro y de forma siniestra por columnas, radios y, sobretodo, infumables tertulias televisivas; y por otro lado, aquellos que tratando de mantener una mínima cordura, objetividad e imparcialidad en una profesión bastante prostituida, corren el claro riesgo de engrosar la lista del paro.

Dónde han quedado aquellos periodistas tipo watergate? Dónde los investigadores independientes?

Tenemos una situación global calificable de vergonzosa, y no sólo de vergüenza ajena como calificaban hoy mismo la pseudoconferencia de prensa impartida ayer por el cabeza visible del gobierno perenne en funciones. Damos vergüenza todos, por acción o por omisión, pero todos.

Por qué se le permitió ayer al Sr. Rajoy asegurar que nunca había dicho lo que sí había dicho? 
Se le puede permitir mentir, pero no dejárselo pasar sin decir ni mú: hemeroteca virtual inmediata, no para sacarle los colores, que es tontería, sino para que la gente compruebe tal mentira ipso facto, in situ, sin demora.
El Sr. Rajoy es muy libre de hacer y decir lo que quiera. Los periodistas tienen el derecho y, sobretodo, la obligación de evitar que se vaya de rositas, cuando lo pretenda sin merecerlo.

Por qué se tolera a los políticos contestar lo que quieren, aquello que desde su central les han programado, sin ir más allá, sin mostrarles inmediatamente una tablet con informaciones que desmienten o contradicen lo que están diciendo? Jordi Évole lo hacía, Ana Pastor, la de LaSexta (no la otra), también, nadie más?

Cada día, leo las noticias, sobre todo la sección de Opinión, de muchos periódicos, para hacerme una idea lo menos subjetiva posible al contrastar posiciones dispares. También veo a diario debates televisivos, en al menos tres cadenas, con la misma intención. Y, de igual manera, sigo en Twitter a políticos de todo signo.

Me gustan los periodistas que dicen y escriben lo que piensan, que no se callan, pero siempre otorgando, y pidiendo, respeto, lo cual hago extensivo a cualquier persona.

Entre mis opinadores de cabecera figuran: Iñaki Gabilondo, Ignacio Escolar, Benjamín Prado, Jesús Maraña, Manuel Rico, y otros más que omitiré por no pecar de pesado y por evitar olvidarme de más de uno.
Y me encanta escuchar los análisis, objetivos y argumentados, de politólogos como Pablo Simón, Lluis Orriols o Nacho Corredor, a quienes también sigo en twitter.
Escucho también, y finalmente, con atención a economistas como José Carlos Díez, y Daniel Lacalle para equilibrar. He leído a Keynes y a Galbraith, pero también a Friedman.

Podría resumir todo ésto utilizando un símil futbolístico:  soy zurdo, pero no cerrado.

Me gusta estar informado, y de forma equilibrada y contrastada. Hay muchas verdades, ni uno solo de nosotros tiene la verdad.
Todos tenemos el derecho y la obligación de manifestar y defender nuestra verdad, pero otorgando y exigiendo a los demás el respeto de hacer lo mismo.

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